India. Rajhastan, tierra de maharajás: Jodhpur, Udaipur y Bundi (parte I)

El estado de Rajhastan nos espera, tierra de Maharajás.

En el desierto de Thar aguarda Jodhpur, conocida como la ciudad azul. Denominada así por las numerosas casas pintadas en color azul índigo.

Se cree que fueron los Brahamanes, la casta superior en India, los primeros en dar un toque de color a sus casas, tendencia seguida posteriormente por el resto de vecinos, ya que las casas se mantenían de esta manera más frescas en verano y libres de los indeseados mosquitos.

A nuestra llegada contratamos una especie de safari-excursión, y sobre un jeep al puro estilo Indiana Jones en busca del opio prohibido, nos empapamos de la vía rural fuera de Jodhpur. Tomamos contacto con artesanos de todas las clases; asistimos a la ceremonia del opio, que curiosamente se bebe (no se fuma) tras ser mezclado con agua y ser posteriormente hervido.

Vacas, pavos reales y perdices corretean a sus anchas.

Al día siguiente, a primera hora, cuando el calor todavía brinda un respiro, visitamos el Jaswant Thada, un mausoleo de mármol blanco dedicado al Maharaja Jaswant Singh II, sin duda, un lugar que emana paz e invita a retratar todo lo que desfila delante nuestro.

En un paseo desde el Jaswant Thada, accedemos al Fuerte de Meherangarh, una de las fortalezas más bonitas de Rajasthan.

Construida en el siglo XV y suspendida en una colina a 125 metros sobre Jodhpur, esta fortaleza representa el emblema principal de la ciudad.

Dispone de un extenso museo que da a conocer la historia y estilo de vida de la familia real.
Tras las visitas imprescindibles, nos adentramos en el entresijo de calles de las populares casas azules.

En realidad, forman parte casi ya de un leyenda pues son pocas las que quedan y no están precisamente bien mantenidas.

Terminamos la jornada mezclándonos entre la gente de Jodhpur en el animado mercado de Sadar, vibrante y lleno de color, que se despliega alrededor de la Torre del reloj, otra de las insignias de la ciudad.

Entre Jodhpur y Udaipur (nuestro siguiente destino) se halla el conjunto de templos de Ranakpur escondido entre montañas, una auténtica joya de la arquitectura y doctrina jainista.

Creada en el siglo VI a.C., la religión Jainista es la más antigua de India, manteniéndose todavía en nuestro tiempo. No creen en un creador ni en ningún libro sagrado, pero sí en la liberación del alma del cuerpo que la encierra. El palacio simula una representación terrenal de los cielos, y ¡qué menos que 50 años para crear semejante obra! Construido en 1496, este templo de mármol blanco es, de manera incuestionable, el más grandioso de los templos jaina. En total 1444 columnas en color blanco perlado, talladas, donde no hay dos iguales. Una de ellas, deliberadamente inclinada, actúa como amuleto contra el mal de ojo.

Tras varias horas de curvas arriesgadas y encontronazos con vehículos y animales dispares, llegamos al Fuerte de Kumbhalgarh, escondido entre la quietud de las montañas Araveli.

Su muralla -de 36 km. de largo- la convierten en la segunda más larga del mundo, por detrás tan solo de la Muralla China.

La subida hasta el fuerte puede resultar agotadora pero las vistas que vamos obteniendo en el camino recompensan el esfuerzo. Bajo el fuerte hay varios templos dispersos que vale la pena visitar.

No hay audio guía ni paneles explicativos así que dejamos que la imaginación juegue su parte. Visitarlo a última hora de la tarde es una opción interesante para evitar el calor y disfrutar de una puesta de sol magnífica .
Nos encaminamos hacia Udaipur, la ciudad blanca, considerada, por mérito propio, la más romántica de todo Rajasthan. Nos encontramos en mitad de la festividad de Dussehra, nueve días en los que los hindúes celebran el triunfo del bien sobre el mal. La ciudad, fundada en 1559, gira alrededor del lago artificial Pichola y otros once próximos en sus aledaños, por lo que también se le conoce como la Venecia de Oriente.
Muy cerca de nuestro alojamiento encontramos el Templo hindú de Jagdish, construido por el maharajá Jagat Singh en 1651. Está dedicado a Vishnu, el dios protector, de cuatro brazos, complexión azul y cara de pocos amigos, características que hacen sea considerado como el preservador del universo. Lo visitamos acompañados de un guía, de manera que comprendemos mejor lo que el templo y la religión significa para los hindúes. Tallado en mármol impoluto, el maharajá pretendió contar al pueblo la vida cotidiana en India a través de sus paredes: escenas del día a día, animales, bailarinas, un sin fin de escenas eróticas,… ¡Al fin y al cabo, el Kamasutra fue inventado en India!

Seguimos con la visita al majestoso City Palace (300 rupias) a orillas del río Pichola. El palacio, que a su vez es museo, tardó 350 años en construirse y es uno de los más ricos del Rajasthan. Sus estancias y piezas de museo muestran la vida de lujo de los maharajás.

Actualmente vive allí parte de la familia real, y no es de extrañar, con tales comodidades … ¿Quién puede negarse?A través de la Toran Pol o puerta principal accedemos al palacio-museo que muestra un sin fin de patios de estilo bastante extravagante. El edificio de hombres estaba diferenciado del de mujeres, pero unido de manera picaresca por pasadizos angostos.

Tras el City Palace nos dirigimos hacia otro lugar muy frecuentado en Udaipur, el Shahelyon ki Bari o Jardín de las doncellas. Construido hace 350 años por el Maharajá Sangram Sigh para disfrute de su hija, es actualmente un buen lugar para darse un respiro y pasear entre nenúfares y exótica vegetación. Le gustaba la lluvia y por ello quiso dedicarle el jardín con una buena muestra de fuentes que simulan diferentes caídas de agua.

En mitad del Lago Pichola, y por ende, en cualquier panorámica que se precie, lucen, en mitad de un entorno exclusivo, el Lake Palace o palacio del lago,

hotel flotante 5 estrellas (no apto para todos los bolsillos) y el Palacio de Jagmandir o residencia de verano flotante. Pudimos acceder allí a través de un paseo en barco (800 rupias) que se coge desde las inmediaciones del City Palace.
Recomendamos cenar en the Little Prince restaurant, orientado al turista occidental pero con unas vistas agradables, extensa carta y comida bastante lograda.

Seguimos hasta la ciudad de Bundi, un lugar que desde un primer momento nos resultó de lo más encantador. Sorprendentemente había más casas azules que en Jodhpur, por lo que a mi parecer, sería más merecedora del título a la ciudad azul de India. La gente es amable. A nuestro paso, asoman desde ventanas y terrazas, nos saludan y piden selfies. ¡Creo que nunca he sonreído y saludado tanto!. Que sensación más extraña volver a España y pasar desapercibida entre la gente…
La ciudad, como viene siendo costumbre en el Rajasthan, cuenta con su propio palacio y fuerte. El Palacio (500 rupias) goza de una ubicación privilegiada en lo alto de la montaña. La subida se preveía difícil, pero en el interior del palacio disfrutamos de una sorprendente colección de pinturas en miniatura -alrededor de 500 –

que muestran la vida de los maharajás, llenas de riqueza, fiestas y bailes… ¡Parece que disfrutaban de una envidiada calidad de vida!
Desde allí y a través de un camino entre matorrales, continuamos ascendiendo hacia la Fortaleza. Ataviados de palos al estilo Terminator, soñamos con combatir a los monos que asediaban el camino, dándolo finalmente por perdido…eran muchos y parecían muy fieros… ¡Y no estábamos dispuestos a arriesgar nuestras vidas tan jóvenes!
Bundi también cuenta con su propio mercado local de frutas, verduras, especias, telas y bisutería que no dudamos en conocer, pues al final y al cabo, es una de las la esencias del viaje que más buscamos. Mediante un tranquilo y placentero paseo, conocemos los entresijos de la ciudad a través de sus calles con casas de puertas y paredes pintadas con coloridas obras.

Nos fusionamos con su gente y deleitamos nuestro paladar con un té massala en un café local. Su toque picante era difícil de creer. ¿El secreto? Una mezcla de especias a base de pimienta negra, cardamomo y jengibre seco entre otros.
Cenamos las dos noches en el Rainbow, un restaurante ubicado en lo alto de un edificio, donde, además de las vistas, disfrutamos de varias especiales locales muy bien preparadas, entre ellas el thali, un plato compuesto por una selección de varias especialidades de la gastronomía india ( arroz, lentejas y verduras condimentadas con especias y mucho picante ) y pan roti (¡Que sería de los españoles sin un poco de pan «pa’ empujar»!)

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