India: Caótica pero encantadora Delhi.

Nos zambullimos en la capital de India adentrándonos en la Vieja Delhi, un caótico barrio de estrechas callejuelas que da cabida a compradores, animales, carros con mercancía y bicicletas, quienes a priori, parecen no seguir ningún orden pero que se mezclan y conviven en armoniosa sintonía.

Y lo recorremos de la manera más divertida y auténtica posible: arriesgando el pellejo montados en un ciclo-rickshaw, una bici con poderosa tracción humana, capaz de zigzaguear entre el caos de la Old Delhi y sin despeinarse un pelo.

Este sería uno de los días más multiculturales del viaje, pues Delhi ofrece precisamente eso, una mezcla de culturas donde todas las religiones y colores de piel son bienvenidos.

Comenzamos visitando la Mezquita del viernes o Jama Masjid, la mezquita más grande de toda India.

De arenisca roja, algo muy popular en la arquitectura del país.

Las mujeres deben ponerse una túnica a la entrada, lo cual hace todavía más exótico nuestro acceso.

Y es que los occidentales, per se, les llamamos muchísimo la atención. A cada paso que damos por la explanada nos hacen sentir como una estrella de Hollywood, nos piden (y roban) fotos y selfies. Me pregunto en cuantos álbumes familiares y redes sociales estaremos. La entrada es gratuita aunque el turista debe pagar 300 rupias por hacer fotografías en su interior más una propina a la salida del tipo que te «cuida» los zapatos.

Visitamos un templo hindú

y otro sikh

de los muchos que están repartidos por la ciudad y aprendemos un poco más sobre su religión (recordemos que alrededor del 80% de la población en India es hinduista, un 15% musulmana y el resto budistas, sikh y de alguna otra religión minoritaria).

Pasamos por el Fuerte Rojo (500 rupias), cuyo nombre no es casualidad, ya que su construcción utiliza principalmente arenisca. Desde su fachada principal el presidente iza la bandera nacional el día que celebran su independencia.

Después nos esperaba una visita sorpresa, el pozo de Hailey Road o Agrasen Ki Baoli, un pozo escalonado y profundo, frecuentado más bien por gente local que turistas occidentales.

Es uno de los pozos del que antiguamente se almacenaba y extraía agua. Actualmente está totalmente seco y tan solo sirve de morada a palomas y murciélagos. Sin duda es un lugar curioso que no esperas encontrar en mitad de una Delhi nueva y que supone un viaje atrás en el tiempo.

Continuamos hacia la Tumba de Humayun, de estilo indo-musulmán, y declarado Patrimonio de la Humanidad.

Fue construida por la Dinastía mogol (y no mongol, que estos eran chinos), procedente de Afganistán. Esperábamos encontrarnos un escueto y frío mausoleo y aunque quizás su interior pudiera serlo, su exterior luce una agradable combinación de detalles hindúes y musulmanes.

Su estilo inspiró en la construcción del magnífico Taj Mahal. A diferencia de este, hecho de mármol, el mausoleo de la Tumba de Humayun está hecho en piedra arenisca con filigrana musulmana. Su cúpula es octogonal, lo que significa para los hindúes buena vida y buena suerte. Anexo a él encontramos el mausoleo de su mejor trabajador y amigo, y zonas ajardinadas.

Otro lugar imprescindible en toda visita a Delhi es el insólito Templo de La flor de Loto, uno de los santuarios más modernos e innovadores de toda India.

Hecho en cemento blanco y mármol, simula la figura de la flor de loto, cuyo significado es la pureza. Nos encontramos con un templo que además de romper con la estética del resto de monumentos de la ciudad, está dirigido a los fieles de todas las religiones, ya que no contiene ninguna imagen ni símbolo de ninguna religión, pudiendo cada uno rezar a su propio dios. Aquí fuimos testigos de que la expresión «fila India» nada tiene que ver con el orden que mantiene la gente local. A la entrada (gratuita) te obligan a guardar tu calzado en una bolsa y en una «supuesta» fila india que pocos parecían saber mantener (y que ocasionó alguna que otra disputa, bienvenidos a India, no hay reglas¡), se accede al interior de la moderna flor de loto. Dentro, varios bancos daban asiento a los fieles que escuchaban atentos frases de los libros sagrados de cada una de las religiones.

Nos dirigimos hacia el yacimiento arqueológico de Qutub, declarado patrimonio de la Humanidad. La historia se remonta al siglo XII cuando los Afganos conquistaron India y a partir de 27 templos hindúes y jainistas que destruyeron, aprovecharon sus piedras (ahorrador vale por dos 🙂 ) para construir lo que fuera una gran mezquita de la que ahora se conserva parte de su planta.

Admiramos numerosas columnas talladas a mano con exquisito detalle.

Las caras de los dioses fueron borradas o decapitadas por los musulmanes, ya que en su religión no utilizan las imágenes. Entre los restos de varias tumbas y mausoleos destaca un minarete de arenisca y mármol, el minarete Qutub, el monumento islámico más antiguo de Delhi, que puede presumir de ganar en medio metro de altura al Taj Mahal, y desde el que en épocas pasadas se llamaba a los fieles a la oración.

Puede pasar desapercibida una columna de hierro envuelta por un singular misterio de la metalurgia: pesar de sus 1600 años de vida, nunca se ha oxidado.

Siguiente parada: Jardín de Lodi, el más grande de toda India. Llamado así por la dinastía Lodi (afgana), anterior a los mogoles. Encontramos dos mezquitas con las tumbas de varios reyes de la dinastía Lodi.

Es un precioso lugar para evadirse de la locura de la ciudad, hacer yoga, jugar al bádminton o simplemente descansar.

Cenamos en el Hotel Saravana Bhavan, cerca de la estación de metro de Janpath. Un animado lugar frecuentado por gente local. Auténtica comida hindú a precios populares. Probamos la dosa o dosai, una especie de crepe fina de arroz y lenteja acompañada de varios chutneys para dipear. Un buen descubrimiento para dar por finalizada nuestra estancia en Delhi.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. p4trigrafias dice:

    Sin duda, estoy segura que es una experiencia única!

    Le gusta a 1 persona

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