Llegada a Costa Rica. Noche en Alajuela y Volcán Poás

Nada mas ponemos pie firme en tierra nos abordan a la salida del aeropuerto taxistas a la caza de cliente, que cansado de viaje, no rechista y acepta. Nos dirigiremos hacia la parada de buses que van a Alajuela. Los 520 colones que cuesta el “boleto” (no llega a un euro) nos ratifican que usar transporte local es mas barato que cualquier otro medio, y aunque puede conllevar algo mas de tiempo, es posible llegar a cualquier lado.

Es habitual alojarse en San José a la llegada, pero como tanto una ciudad como otra tienen poco que ver, decidimos quedarnos en Alajuela, ya que desde aquí sale el autobús que nos conducirá a la mañana siguiente al Volcan Poás. Escasos tres kilómetros se convierten en una odisea: pitidos, acelerones, frenazos, una imagen que, comprobaremos mas tarde, no corresponde en absoluto a la tranquilidad que se respira en el resto del país. Existen varias estaciones de autobuses, sin una oficina de información, por lo que deberemos investigar mucho para decubrir de que estacion sale según que autobús dependiendo del destino. Si, si, asi es!

Nuestra primera toma de contacto con los costaricenses o “ticos” en Alajuela, la segunda ciudad mas poblada del país, nos mostrará como es su día a día. Los mercados  y tiendas de carnes y embutidos se llenan de vida hasta eso de las 19 horas que anochece y las callen se van quedando vacias.

A pesar de tener nombre, la gente no conoce las direcciones por el mismo sino por referencias, por lo que encontar los sitios o preguntar por una direccion puede ser todo un reto. Generalmente son avenidas numeradas cruzadas por calles tambien numeradas, aunque los numeros no aparecen por ningun lado.

Paseamos por la ciudad. Tan solo el parque de Juan Santa Maria y la Catedral Virgen del Pilar consiguen despertarnos cierta curiosidad. Calmamos nuestra sed con una cerveza Imperial (nacional) en un bar mientras asistimos expectantes a un duelo de mariachis. Finalizamos la jornada degustando pollo frito (intuímos sea legado afroamericano),  y un sabroso ceviche de banano verde.

A las 9 de la mañana tomamos el autobús que nos lleva al volcan Poás. Se debe acudir pronto para hacer fila, pues quien no tenga asiento o “campo” deberá ir de pie la hora y media que tarda en recorrer sus 45 kilómetros. La carretera de subida en sí ya constituye todo un espectáculo. Curvas sinuosas que nos introducen a través de verdes valles, cafetales y campos de fresas.

El parque del volcan Poás es el que recibe mas afluencia de visitantes del país. A su entrada conocemos a dos ticas y dos mexicanas con las que compartiríamos el día.

El volcán actualmente se conserva activo y emite algunos gases. Su cráter presenta un laguna tono azul verdoso, resultado de su contenido en ácido sulfúrico. Cuando la niebla y las nubes se disipan se consigue ver con claridad. Desafortunadamente, apenas pudimos apreciarlo.

Continuamos caminando por un sencillo sendero de fácil acceso y bien señalizado entre bosque frondoso rico en palmas, helechos y Gunnera Insignis, denominada comunmente “paraguas del pobre”.

Alcanzamos la laguna Botos, que con suerte estaba despejada y desde su mirador nos tomamos la obligada foto.

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