Vietnam. Dalat, la ciudad de los ¿enamorados?

Con la intención de darnos un respiro y alejarnos del calor sofocante de Nha Trang,  nos dirigimos esta vez a Dalat, ciudad montañosa a unas seis horas en autobús.
A medida que nos íbamos acercando el paisaje cambiaba notablemente. Dalat se dedica principalmente al cultivo de frutas, verduras y flores por lo que sus valles están atestados de invernaderos.
La ciudad es grande, caótica y desordenada. Dalat es considerado uno de los principales reclamos turísticos entre los vietnamitas, un destino romántico muy popular entre las parejas de enamorados. El París de Vietnam, la ciudad del amor…dicen. El centro alberga un amplio mercado que burbujea principalmente a primera y última hora del día.

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También cuenta con un gran lago en el que se puede disfrutar de un paseo en una de las embarcaciones a pedales con forma de cisne que alquilan…curioso.
Quedamos muy sorprendidas tras visitar el peculiar edificio llamado  Crazy House, una obra de arte algo surrealista formada por innumerables cuevas y troncos hechos a base de cemento.

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Nos alojamos en el hotel Rosa, propiedad de una agradable familia que hizo sentirnos como en casa. Un diez a la atención y a la relación calidad precio. Recomendable 100%.
El día siguiente a nuestra llegada lo queríamos dedicar a visitar el pueblo de Lat, asentado a las faldas de la montaña Lang Biang, cuya subida merecería la pena por las vistas desde unos de sus picos (entre 2100 y 2400 m. de altitud). Y aquí comenzó nuestro periplo.
Nos informamos en la recepción del hotel sobre como llegar, indicándonos sobre un papel anotaciones en vietnamita por si teníamos que preguntar de camino. Finalmente llegamos donde supuestamente partía el autobús hacia Lat y, tras confirmar con el conductor el destino que nos aseguro en un perfecto vietnamita que ése era el autobús, nos encaminamos hacia el pueblo en un destartalado bus local rodeadas de vietnamitas. Entusiasmadas con nuestra nueva aventura decidimos seguir nuestro progreso en el “maps”…¡oh, Dios mío!…íbamos precisamente en dirección opuesta a nuestro destino. Así que echando mano del idioma universal…el de las señas…y  con la ayuda de una chica del autobús que hablaba algo de inglés logramos parar el autobús con el conductor que se encogía de hombros y se partía de risa. Nos dijo que esperáramos al otro lado de la carretera para volver a Dalat. Así que allí estábamos, en mitad de nada y con la risa floja, pero “afortunadamente” para nosotras y como no hay mal que por bien no venga, cerca se encontraba la cascada Prenn, así que como ya no íbamos a tener tiempo para nuestra gran ascensión cambiamos de planes y visitamos la cascada, alrededor de la cual habían creado una especie de parque temático con teleférico, puente tibetano e incluso paseo en elefante.

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Cualquier sitio que se precie en este país no es auténtico si no presume de pagodas, así que tras un paseo montaña arriba entre pinares se esconderían tres de ellas.

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Al final lo pasamos genial, nada que ver con lo planeado ni esperado pero…¡qué son los viajes sino la suma de las experiencias!. Éste mereció la pena. Pero el periplo continuó, y es que tras esperar en una “supuesta” parada de bus durante una media hora y saludar a los autobuses que pasaban y ninguno paraba, procedimos al arduo negocie con un taxista que nos ofrecía precios desorbitados por devolvernos a Dalat. ¡Ah, no! . A punto estuvimos de recorrer los 12 km de vuelta andando solo por no darle el placer de resultar vencedor en el regate, aunque finalmente cedió y volvimos bajo un precio justo…para nosotras.
Ya en Dalat pusimos rumbo hacia la cascada de Cam Ly, a dos kilómetros del centro. Lo mejor, el agradable paseo a lo largo del canal que lleva hacia ella, donde pudimos descubrir lo mas auténtico de la ciudad y sus gentes. Porque la cascada en sí no merecía mucho la pena…y como mas sabe el diablo por viejo que por diablo y sospechándolo, conseguimos verla dando un pequeño rodeo y subiéndonos a una montañita de tierra. Efectivamente no merecía la pena, así que nos ahorramos unos dongs para la cena. Y es que de vuelta nos dejamos tentar por uno de sus puestos callejeros donde degustamos un Bahn Mi, una especie de baguette de herencia francesa rellena de encurtidos, tiras de pollo o cerdo y salsa. Y un zumo natural de ricas frutas locales que nos lo merecíamos.

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