Vietnam. Camino a la Bahía de Halong

Y, de repente, nos damos cuenta que durante los próximos tres días no hay que pensar….pensar dónde dormir, pensar qué comer, pensar cómo llegar…tan solo disfrutar.
Pero claro, ¿quién detiene al pensamiento? Y es que es inevitable recordar esos senderos de tierra recorridos km a km, día tras día por personas, cesta cargada al hombro, para  vender en los mercados; y por niños, mochila cargada, que recorren kms de una aldea a otra para llegar a la escuela. Y pensar en el homestay…lujoso porque tenia unas condiciones higiénicas “¿aceptables?” y, sobre todo, ¡agua caliente!, siendo seguramente el mejor alojamiento de la aldea y, aun así, las rendijas de la ventana de madera y el hueco abierto entre la pared y el tejado de uralita que reposa sobre las vigas de madera dejan pasar el frío…¡y aun no es invierno!…aun no estamos, no están, bajo cero.
Y además…con todo, recordar. Sonrisas amables, miradas curiosas, risas y juegos infantiles, calma.
Y es que es bueno recordar y pensar sobre lo que hemos vivido, estamos viviendo. Reflexionar. Aprender.
Hemos aprendido que se puede vivir en calma. Que la inmediatez no es necesaria, las sonrisas sí.
Que la felicidad no es proporcional a cuánto tienes, no se compra, pero si quieres lo tienes. Que las comodidades son un extra, la amabilidad y el respeto obligatorios.
Y es que con nuestro agua caliente, nuestras comodidades, las prisas, la necesidad de inmediatez, nuestras normas para todo y esa gran sensibilidad para la exaltación a veces se nos olvida pensar…

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